Alegres SoldadosAlfredo González Díez
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Julio Llamazares · Literatura de viajes

El río del olvido

El veterano de Ranedo y el nombre de su jardín: Bosque Rojo.

En su recorrido por el Curueño, Llamazares conversa con un antiguo divisionario cuya casa lleva un nombre ruso. El lugar, su trayectoria y el letrero permiten relacionar este retrato con Alfredo González Díez.

Las pistas que llevan a Alfredo

El personaje vive en Ranedo, es un militar retirado y veterano de la División Azul, y muestra al viajero un letrero que traduce como «Bosque Rojo». La biografía familiar de Alfredo y la fotografía de su casa reúnen esas mismas características.

La identificación es muy probable, aunque Llamazares no escribe su nombre. La fotografía documenta el letrero «KRASNYJ BOR / ROJO BOSQUE» a la entrada del jardín. No se ha determinado la fecha de esa imagen.

Leer la biografía de Alfredo →

Alfredo ante la entrada de su casa en Ranedo, bajo el letrero Krasnyj Bor, Rojo Bosque
Alfredo en Ranedo de Curueño. Fotografía del archivo familiar.

Segunda jornada

La fronda del Bosque Rojo

Fragmento del encuentro con el veterano, desde su aparición en el camino hasta la traducción del letrero. Después, el relato pasa a otro vecino, Basilio Sierra.

Al viajero, sin embargo, hace ya rato que le han visto. A la entrada del pueblo, al final de la cuesta, un hombre está esperándolo en medio del camino.

—¿Qué? ¿De paseo? —le pregunta.

—Según cómo lo mire —dice el viajero, resoplando por el esfuerzo.

Como lo mira el hombre es sin ningún disimulo. El hombre, un militar retirado, superviviente de la División Azul, ha subido, según dice, muchas cuestas en su vida y, por eso, ahora lo mira sin ningún disimulo ni consideración.

—A su edad —le amonesta—, subía yo esa cuesta a la pata coja y con dos mochilas como la suya.

Y, para demostrárselo, le cuenta algunas de las largas caminatas que, al parecer, tuvo que hacer, con nieve y con ventiscas, en sus heroicos años de la División Azul:

—Una vez, anduvimos sesenta kilómetros en una sola noche. Y, otra, fuimos desde Berlín hasta la frontera en veinticuatro horas. Pero lo peor —dice— fue cuando entramos en Rusia. Todo el tiempo caminando por la nieve, a veinte y treinta grados bajo cero, que, hasta para dormir, fíjese usted lo que le digo, teníamos que seguir andando para no morir de frío.

—Pues qué suerte —dice el viajero, al que le interesa más saber qué es lo que pone en una tabla que hay escrita en letras rojas encima de la puerta del jardín.

—Está en ruso —le aclara el divisionario, reparando en su curiosidad.

—¿En ruso?

—En ruso, sí, señor.

—¿Y qué es lo que pone? —le pregunta el viajero, cuyo asombro ha ido creciendo al mismo ritmo que la satisfacción del de la División Azul.

—«Bosque Rojo» —dice éste, orgulloso de sus conocimientos.

Segunda jornada

El puente de Valdepiélago

El comienzo del apartado retoma al personaje y convierte el nombre de su casa en una imagen del paisaje al atardecer.

Atardece cuando el viajero abandona Ranedo dejando al viejo alcalde sumido en sus recuerdos cinegéticos y al de la División Azul parado en medio del camino, esperando a que otro viajero se acerque por la cuesta para contarle sus hazañas militares y traducirle el nombre de su casa del ruso al español. El de la División Azul tiene razón. El de la División Azul, quizá sin darse cuenta, ha sabido resumir en sólo dos palabras lo que al viajero le llevará mañana una hoja entera del cuaderno: por las montañas de Aviados, el sol está poniéndose y sus últimos rayos atraviesan el valle incendiando los árboles y convirtiendo en un inmenso bosque rojo todo el pueblo.

A las afueras de Ranedo, enfrente de la ermita de San Roque —el patrono del pueblo—, varios niños están jugando al fútbol en un prado, ajenos por completo, sin embargo, a la belleza del incendio. El partido, como buen enfrentamiento vecinal, tiene ya su propio fuego. De momento, Ranedo va ganando siete a cinco a Valdepiélago y todo hace suponer que la contienda acabará en pelea:

Tercera jornada

La terraza de la fonda Orejas

Al escribir sus notas, el viajero vuelve a recordar al veterano entre las personas que ha encontrado.

Cuando termina el café, el viajero enciende un cigarrillo y saca su cuaderno para tomar algunas notas mientras hace la digestión del desayuno. Desde ayer por la mañana en Casa Chana, no había tenido tiempo de hacerlo. Pero, sentado en el rincón de la terraza, a la sombra de los tilos que plantara hace ya un siglo el abuelo de la actual dueña, al viajero no le cuesta gran esfuerzo concentrarse y, de ese modo, van poblando poco a poco su cuaderno los dueños de La Dama de Arintero, el Señorito de Otero, el de la División Azul, Basilio Sierra, Domingo el hospiciano, tía Lina, Goro el ciego, Florencio, Quitapenas, Ovidio y su linterna y, cómo no, las lavanderas de Aviados y el revisor del hullero. Como en los cuentos infantiles, los personajes que el viajero cruzó ayer por el camino —y los que simplemente creyó ver mientras dormía— vuelven a cobrar vida y saltan de sus ojos al cuaderno y del cuaderno a las acacias y a las sillas. El viajero, pues, ya no está solo en la terraza con los gatos. Aunque los veraneantes aún siguen en la cama y la señora Magdalena ha ido a la cocina a prepararles el desayuno para cuando se levanten, el viajero no está solo en la terraza porque, aparte de los gatos, los personajes que ayer cruzó por el camino y los que creyó ver mientras dormía han vuelto nuevamente a hacerle compañía hasta el rincón de la terraza donde ahora está escribiendo, envuelto por el humo del cigarro y arrullado por la sombra de los tilos que plantara hace ya un siglo el abuelo de Magdalena…

Referencias cruzadas

El mismo nombre en Alegres soldados

En las apostillas del capítulo XXIV, «Tangos», Alfredo escribe «Krasnyj Bor. Красный Бор» y explica su significado: «En español Bosque Rojo». Esta equivalencia enlaza el letrero de la fotografía con la conversación narrada por Llamazares.

Consultar el capítulo XXIV, hoja 7 →

Alfredo también cita a Llamazares

En el capítulo XXXV, «Mujeres en la guerra», las apostillas sobre la Dama de Arintero incluyen esta referencia:

Río Curueño, «Río del olvido», libro por Julio LLAMAZARES, autor de «El techo del mundo», filmado exteriores en montañas del Alto Curueño.

La Dama de Arintero y la memoria de los pueblos del Curueño son otros puntos de encuentro entre ambos libros. Esta cita acredita que Alfredo menciona la obra; no demuestra por sí sola la identidad del personaje.

Consultar el capítulo XXXV, hoja 9 →

Las hojas indicadas corresponden a la posición dentro del archivo de cada capítulo, no a la paginación impresa.

Portada de El río del olvido, de Julio Llamazares, en Penguin Libros

Fuente editorial

Julio Llamazares
El río del olvido

Publicado originalmente en 1990. El texto consultado incorpora el prólogo a la reedición de 2006 y evoca el viaje realizado en 1981.

La ficha oficial de Penguin Libros ofrece la portada, la sinopsis y las opciones de lectura de la edición electrónica, ISBN 9788420498539.

Consultar el libro y su portada en Penguin Libros ↗